Mercromina en las rodillas
Esta mañana me ha venido un
recuerdo de mi niñez a la mente, de esos que están bien guardados en algún
recóndito pliegue de nuestro cerebro y me ha provocado una sonrisa
instantáneamente.
De pequeña era muy traviesa
(que no mala), siempre andaba trepando por árboles y tejados, emulando a Eddy
Merckx con mi bici o haciendo looping en los columpios; disfrutaba más
jugando con los niños que con las muñecas, lo único malo era que cuando imitábamos a Tarzán en los columpios a mi me tocaba hacer de Chita por ser niña, ni siquiera me dejaban ser Jane.
Como consecuencia de mis
andaduras, siempre iba con las rodillas peladas y teñidas de rojo por la mercromina que mi abuela me aplicaba (al tiempo que me
reprendía cariñosamente) después de lavar mis heridas con la espumeante agua
oxigenada. Esas rodillas rojas formaban parte de mi imagen.
Ahora, de adulta, vuelvo a
lucir esta imagen pues sigo siendo bastante traviesa y, además, practico otro
deporte de aventura: busco empleo, lo cual implica tropezar y caerse día sí,
día también y ya no tengo a mi abuela para curarme (aunque con sólo el recuerdo
de su sonrisa me siento reconfortada).
Mi mercromina de hoy es mi
voluntad, mi perseverancia, ponerme guapa cada día, saber que más pronto o más
tarde lo conseguiré, mis ganas de aprender más y más y, como no, el apoyo de mi
entorno inmediato, mi entorno virtual repleto de información compartida y
animosas colaboraciones.
Así que como caerse es
inevitable, levantaos sin miedo, un poco de mercromina y a seguir corriendo. No
tiene nada de malo lucir unas rodillas bien rojas ;-)
